Juanjo Álvarez

Zumaia, 1964. Catedrático de Derecho Internacional Privado de la Universidad del País Vasco (UPV-EHU) y abogado. En 2015 fue galardonado con el Premio Eusko Ikaskuntza-Laboral Kutxa de Humanidades, Cultura, Artes y Ciencias Sociales 2015.

Actualmente y desde 2001 es Catedrático de Derecho Internacional Privado en la Universidad del País Vasco y abogado y Consejero en el bufete de abogados Cuatrecasas.

Eta Orain zer? Gure etorkizuna

I. Entre la esperanza y el pesimismo constructivo

Una inédita y extraña sensación, mezcla de quietud y de irrealidad, nos envuelve y nos atrapa tras estos dos meses ya de obligado confinamiento. Hemos asumido nuevos (y obligados) hábitos que nos hacen añorar a todos la deseada vuelta a ese glaciar poderoso que es la normalidad, la rutina diaria, la inercia vital del día a día que ahora tanto echamos en falta.

El civismo, la responsabilidad social, la disciplina individual y colectiva pueden ayudarnos, lo van a hacer, a superar estos momentos tan complejos. Pero hace falta algún otro factor emocional que sirva como motor para activar la pujanza social que será necesaria para remontar esta dura situación.

La soledad no deseada siempre es dura; la angustia ante los problemas de salud solo puede combatirse con empatía y solidaridad, es decir, con apoyo, teniendo alguien con quien hablar, con quien compartir. Y la derivada económica (en la dimensión personal-familiar y en la social) también ofrece un panorama muy delicado. Pese a ello, pese a las dificultades, lograremos salir adelante. El motor que nunca se ha de gripar en nuestra sociedad es el de la esperanza.

¿Con qué estado de ánimo podemos o debemos afrontar esta crisis inédita? Cabría contemplarla y vivirla desde la visión del optimista entusiasta, para el que no es necesario hacer nada especial porque a su juicio la mera inercia del paso del tiempo acabará arreglando todo; la segunda visión o percepción sería la del pesimista irredento, persona para la que, hagamos lo que hagamos como sociedad, todo irá de mal en peor. Una y otra visión frenan la laboriosidad individual y colectiva necesaria para hacer frente al reto que tenemos como sociedad.

Por todo ello cabría proponer y promover una tercera vía que ha de permitir superar esta situación y que supone asumir cada uno, cada persona, nuestras propias responsabilidades, sin buscar un chivo expiatorio contra el que descargar nuestra impotencia y nuestros miedos.

Esta visión podría ser calificada como la del “pesimista constructivo”, quien, desde una sana austeridad emocional que no frena su laboriosidad sino que la encauza y la encamina asume que hay que intentar hacer las cosas bien, con profesionalidad y responsabilidad, cada persona dentro de su ámbito de actuación vital. Solo así acabaremos saliendo de esta dura meseta que representa todo lo que rodea a esta pandemia.

Este pesimismo constructivo supone reconocer que las cosas no están bien y que exigirá mucho esfuerzo remar hacia adelante pero no implica en modo alguno un gesto de renuncia ante la tarea que tenemos mirando hacia nuestro futuro; al contrario, es prueba de que, pese al impacto emocional que conlleva vivir estos duros momentos, prima y se impone la voluntad y el deseo de creer en nuestro potente pulso social y en la existencia de una capacidad colectiva e individual suficiente para retomar el camino y volver a la ansiada normalidad social.

Estos tiempos hiper modernos que nos toca vivir los ha definido de forma brillante Gilles Lipovetsky: somos individuos más autónomos pero también más frágiles que nunca. En esta posmodernidad coexisten íntimamente dos lógicas: una favorece la autonomía personal y otra incrementa la dependencia.

Los momentos que ahora estamos viviendo pueden acabar incidiendo de forma positiva en un replanteamiento de la socialización; probablemente, esta crisis va a poner en marcha una reorganización social y va a demostrar de forma nítida que las reagrupaciones narcisistas no bastan para formar una sociedad solidaria.

Como sabiamente expresó el admirado Tony Judt, por muy egoístas que seamos, todos necesitamos servicios cuyos costes compartamos con nuestros conciudadanos. Los mercados nunca generan automáticamente confianza, cooperación o acción colectiva para el bien común.

Toda sociedad que destruye el tejido de su Estado (mantenido con los impuestos y los servicios públicos de todos) no tarda en desintegrarse en el polvo y las cenizas de la individualidad. Y todo lo que ahora estamos viviendo nos abrirá los ojos de una nueva pedagogía social: hay que promover el sentido de los valores auténticos, cuando hasta ahora parecía que lo único esencial era el consumo, un consumo febril y emocional afincado sobre los cimientos de un hedonismo individualista.

La responsabilidad y la solidaridad van a ser la piedra angular del porvenir de nuestra sociedad y de nuestra democracia, colectiva e individual.

II. El futuro que nos espera

¿Cómo será el mundo del mañana? ¿Cómo fijar unas líneas de reflexión estratégica que dibujen, a modo de brújula social, qué camino seguir? En medio de la conmoción social que vivimos solo la confianza en el próximo futuro puede servir para que el motor social no se gripe. No conocemos el futuro, solo sabemos que no se parecerá al presente. La gran pregunta que nos interpela a todos como ciudadanos es cómo debemos gestionar esta incertidumbre.

Todavía en medio de los terribles embates de esta pandemia asistimos a una especie de carrera por la predicción intentando dibujar ya el mundo del mañana y los cambios sociales que están por llegar. ¿Asistiremos a un cambio de época? ¿Qué nuevos desafíos se abren en el contexto de la compleja geopolítica mundial? Tantos y tantos interrogantes sin respuesta agudizan nuestra suma de incertezas. Nuestro tiempo ha cambiado. Una experiencia social y política así, tan extremada, además de inesperada, no se olvida en una generación.

Esta triple crisis (sanitaria, económica y social, a la que suma la dimensión climático-ambiental, algo opacada ahora pero debe ser atendida sin dilación) debe ayudarnos a reflexionar sobre ello: lo complejo es que vamos a tener que actuar y reflexionar de forma casi sincrónica, porque el contexto post pandemia va a ser muy duro, catártico en lo económico y en lo social, y este reto exige grandes acuerdos, grandes consensos políticos y sociales. ¿Estamos preparados para ello?

Su impacto va a ser enorme en ámbitos troncales de nuestra sociedad, porque partiendo de su afección a la salud y a la economía proyecta sus efectos sobre todo nuestro andamiaje social; por ello es todavía pronto para extraer derivadas claras en términos de lecciones; me atrevería a señalar que los momentos que ahora estamos viviendo pueden acabar incidiendo de forma positiva en un replanteamiento de la socialización; probablemente, esta crisis va a poner en marcha una reorganización social y va a demostrar de forma nítida que las reagrupaciones narcisistas no bastan para formar una sociedad solidaria.

Por todo ello merece la pena poner el acento en lo local, partir de abajo a arriba, poner a la persona, a nosotros los ciudadanos, en el centro del debate. Una de las mejores reflexiones que nos dejó Jean Monnet, unos de los padres del proyecto europeo, merece la pena ser rescatada hoy: nada es posible sin las personas; nada subsiste sin las instituciones.

En este contexto social, hay que encauzar el camino del decir al hacer, el que va de las palabras a los hechos: promover diálogos, conversaciones, debates –todos ellos inicialmente virtuales y a los que cabe acceder en abierto y de forma sencilla– de la mano de personas expertas que aborden temáticas relevantes y, a su vez, impulsar comunidades de trabajo orientadas a profundizar en las lecciones aprendidas de la crisis y proponer respuestas concretas.

La gran cuestión que cabe plantear es si resulta viable, posible, gestionar esta crisis de proporciones tectónicas y al mismo tiempo construir el futuro; desde la humildad no impostada solo cabe decir que nadie sabemos a ciencia cierta hasta dónde llegará la transformación social que nos espera. Por eso tal vez la primera propuesta sobre la que cabría ponerse a trabajar es identificar cómo deberíamos tratar de moldear nuestro futuro. Esto requiere una rebelión cívica anclada en la solidaridad, en la responsabilidad social; exige reforzar nuestra pujanza como sociedad civil cohesionada. No dejemos que las potentes inercias del pasado nos atrapen, seamos reactivos, innovemos, impulsemos y arropemos en un nuevo auzolan social iniciativas en las que podamos ser útiles. Conquistemos, civilicemos nuestro futuro. Está en nuestras manos.

III. Las huellas sociales de la pandemia social

Esta triple crisis sanitaria, económica y social nos interpela a todos, a título tanto individual como sistémico o estructural. Vamos a tener que actuar y reflexionar de forma casi sincrónica porque el contexto post pandemia va a ser muy duro, catártico en lo económico y en lo social, y este reto exige grandes acuerdos, grandes consensos políticos y sociales. ¿Estamos preparados para ello?

Con frecuencia valoramos de verdad lo que tenemos solo cuando lo perdemos. Con Europa, con nuestro proyecto de vida social en común europeo pasa algo parecido; todo el mundo lo criticamos, seguramente con razón, pero pocas veces nos acordamos de señalar que, con sus muchos defectos e insuficiencias, es, sin duda, el mejor antídoto frente a populismos como el que representa Trump, que simboliza con su insolidaridad y su prepotencia además de mal gusto, tan soez como vulgar, la deriva de un sistema político que deja abandonadas a las personas a su suerte. ¿Vamos a comportarnos así en Euskadi, en España, en Europa?

La dura crisis que se nos anuncia tendrá su más dramático exponente en la vertiente social, mostrando el empobrecimiento y las dificultades vitales de personas y familias que no alcanzan a vislumbrar un futuro con empleo y modos de vida dignos. Por ello hay que situar en el centro del debate la cuestión relativa al alcance y extensión de nuestro sistema de protección social, clave para frenar la desigualdad y para cohesionar más y mejor nuestra sociedad.

Necesitamos hacer realidad el reto de una visión transformadora y de un proyecto compartido; no han de ser palabras huecas, debemos pasar de la retórica discursiva a la acción: sin ese relato compartido, sin el esfuerzo común de agentes públicos y privados, no será posible acometer la ingente tarea que tenemos por delante. El modelo social basado en la sociedad de consumo y el capitalismo global generará, si no se corrige y modula desde lo social, un efecto de creciente desigualdad. En lo económico y social, el reto tiene una doble componente: consolidar e incrementar en lo posible la riqueza social y a la vez reforzar y mejorar los mecanismos de su distribución.

¿Cómo y dónde debemos innovar socialmente para hacer realidad el reto de minorar el impacto de las huellas sociales de la pandemia? En ámbitos como los nuevos modelos de cuidado y salud de las personas mayores centrados en la persona, en los distintos mecanismos para garantizar que toda la ciudadanía tenga acceso a los recursos necesarios para tener una vida digna, en el papel de la Unión Europea respecto a las implicaciones socioeconómicas de la crisis, en la existencia de paraísos fiscales que deben ser investigados para garantizar los recursos necesarios para sostener las instituciones del estado de bienestar o en el impacto específico que esta crisis tendrá sobre la brecha de género, entre otros.

Combatir la desigualdad social exige priorizar la lucha frente a la precariedad, la incertidumbre, la exclusión y, en su versión más extrema, la pobreza que ya asoma tras esta crisis; en su dimensión sanitaria el virus afecta potencial y simétricamente a todo el conjunto de la ciudadanía pero en su dimensión social el efecto sobre esa ciudadanía es tan desigual como lo es la propia sociedad.

¿Es suficiente con mantener la inercia del llamado estado de bienestar o debemos acometer su reforma? Hay que reforzarlo y adaptar su jerarquía de objetivos a la nueva realidad, en cuestiones tan fundamentales como la colaboración público-privada, el papel de la sociedad civil y las estrategias comunitarias o el de poner el énfasis en la redistribución como vía para garantizar su sostenibilidad. Nuestro futuro como sociedad está en juego. Ojalá estemos a la altura de este gran reto intergeneracional.

IV. Confianza y credibilidad

Las personas, la familia, las amistades, nuestro entorno más cercano cobra más importancia si cabe en un contexto social como el que nos está tocando vivir. Todavía es pronto para evaluar y hacer prospección orientada al futuro, pero sin duda la confianza es y será una de las instituciones silentes más importantes en todos los niveles de la sociedad, más necesaria que nunca para que nuestro motor social no se gripe y logremos así superar esta triple crisis sanitaria, económica y social.

¿Cómo lograr mantener o recuperar la confianza en las instituciones que sostienen el sistema en su dimensión sanitaria, asistencial, formativa? ¿Y cómo hacerlo en relación a la política y a quienes la ejercen? ¿Y sobre las empresas, como fuente de riqueza social o el resto de entidades, asociaciones que integran nuestro tejido social? ¿Cuál ha de ser la vía para lograr reforzar, recuperar (o no perder, en su caso) la credibilidad y la confianza en todas ellas, especialmente aquellas instituciones o entidades públicas?

La clave, fácil de expresar y mucho más complicado de materializar, radica en asentar una gobernanza que pivote sobre la transparencia y la comunicación veraz, independientemente de los réditos que ésta ofrezca electoralmente.

El expresidente de la Comisión Europea, Juncker, afirmó hace unos meses, en un inusual ejercicio de sinceridad, que con frecuencia y ante un problema social, económico o de otra índole los políticos saben qué es lo que hay que hacer, saben cómo gestionarlo, pero no saben cómo lograr que los ciudadanos sigamos votándoles si finalmente llevan a cabo esa tarea tal y como saben que hay que acometerla… y por eso la mayoría de las veces optan por no realizarla.

Esta frustrante derivada y otras poco edificantes lecciones del pasado debemos interiorizarlas para que no se repitan más. Nuestra fortaleza como sociedad civil radica en ser y actuar como un conjunto de personas unidas por un proyecto social. Si esperamos a que la mera inercia del sistema cambie la tendencia, si pretendemos replicar recetas hasta ahora utilizadas, si nos limitamos a buscar culpables a los que reprochar lo negativo, nunca superaremos las consecuencias de esta traumática crisis. La clave radica en poner el acento sincero en las personas, pensar en ellas como las verdaderas palancas del cambio. Esto garantizará el éxito de un cambio de época.

¿Cómo lograr esa catarsis, necesaria cuando quede atrás esta dura coyuntura social que estamos viviendo? Una de las claves es la comunicación sincera, transparente y continuada. Solo así podremos construir una relación colaborativa que genere un sentimiento de pertenencia basado en el respeto y en la colaboración mutua entre personas, anclada en un liderazgo ejemplar.

Ya no basta con pedir implicación, colaboración y compromiso; hay que ir más lejos: debemos ser capaces de inspirar y de generar esa actitud en cada una de esas personas, dando sentido y valor a la función que éstas ejerzan dentro de la sociedad.

Hay que pasar del “decir” al “hacer”. Los hechos son las nuevas palabras; no basta con pedir colaboración, hay que colaborar; no basta con exigir compromiso, hay que comprometerse; no basta con quejarse de la falta de implicación; quien dirige un proyecto ha de ser el primero en implicarse. Es un reto apasionante y factible.

La confianza es el pilar que lo sustenta todo; su ausencia es una fuente de conflictos e incertidumbre que aboca al fracaso a cualquier sociedad; ocurre en la familia, amigos, empresa… y, en este caso, a nivel mundial. Hemos de recuperar y proteger la confianza recíproca en el sistema y en las personas; de lo contrario abonaremos el terreno para populismos, para el autoritarismo o para las posiciones extremas que se llevarán por delante libertades por las que tanto hemos trabajado. No dejemos resquicio para la duda, porque es la que aprovecharán los más extremistas para imponer regímenes poco alentadores.

La batalla por la confianza se gana con la información y la transparencia pero sobre todo con hechos, con realidades claras e indubitadas que permitan consolidar este cimiento imprescindible sobre el que debemos construir nuestro futuro colectivo. Nos va mucho en ello. Ojalá los buenos deseos que todos expresamos ahora se asienten y se conviertan en pautas sociales.

V. Hacia una responsabilidad social colectiva

Las autoridades nos instan como ciudadanía a que mostremos responsabilidad colectiva para hacer frente a la COVID-19. ¿Cabe sustentar la fortaleza de esa responsabilidad colectiva sólo en el temor a las sanciones? ¿Funcionaría el sistema escalonado de vuelta a la normalidad y toda la secuencia de limitaciones que se han fijado si éstas se articulasen como recomendaciones y no como obligaciones imperativas cuyo incumplimiento se traduzca en multas? ¿Tenemos tan interiorizado ese funcionamiento? ¿Es posible reforzar la responsabilidad colectiva sin utilizar como herramienta el autoritarismo y el miedo? ¿Estamos preparados como sociedad para ello?

La responsabilidad y la solidaridad van a ser la piedra angular del porvenir de nuestra sociedad y de nuestra democracia, colectiva e individual. Creo que estamos dando como pueblo una lección de civismo, paciencia y responsabilidad. El punto de inflexión llega en estos días con la denominada desescalada que plantea un renovado reto social. ¿Necesitamos el factor sancionador como medida disuasoria frente al eventual incumplimiento de las normas que pauten esta nueva normalidad social? ¿Debe la pandemia cambiar nuestro régimen de derechos y libertades?

La clave radica en optar por alguno de estos dos modelos: el primero, más complejo de articular pero sin duda el más acorde con un sistema democrático, se fundamenta en la horizontalidad responsable, en una cohesión social anclada en la confianza recíproca entre nosotros, entre la ciudadanía y las administraciones públicas (los gobiernos); sin embargo, parece haberse optado por el segundo de los sistemas en presencia, tratando de aportar una falsa sensación de fortaleza. Es el modelo de la verticalidad impuesta, el del fácil recurso a la autotutela de la Administración, el de la imposición de una suerte de gregarismo social inducido por el temor a las medidas coercitivas y a las amenazas de sanción.

Claro ejemplo de esta tendencia de combinar el palo y la zanahoria (y que supone en realidad mostrar su desconfianza hacia la gran mayoría social que asumimos con responsabilidad el alcance de las medidas limitadoras de nuestros derechos) se aprecia en el gobierno español: el ministro de interior español, Grande-Marlaska, tras haber impuesto más de 650.000 denuncias, ha remitido una guía de sanciones a las delegaciones del Gobierno; se trata de una detallada propuesta de sanciones para unificar los criterios en las multas aplicables a los ciudadanos que incumplan las normas establecidas por el real decreto del estado de alarma. ¿Es ésta la vía acertada en el marco de un Estado que se autodefine como “social y democrático de Derecho”?

Contrasta esta orientación con la seguida en Alemania, dónde sin renunciar a la vía sancionadora en casos extremos de reiterados incumplimientos, Angela Merkel ha actuado con respeto y con empatía hacia la ciudadanía, proponiendo encauzar la crisis mediante un esfuerzo pedagógico por parte de las instituciones y una campaña de información que implique a toda el pueblo alemán en el cumplimiento de las recomendaciones para combatir la epidemia y genere una responsabilidad colectiva como una tarea compartida, de todos.

La lealtad social no debe medirse en el seguidismo acrítico de las medidas impuestas con el único aliciente de no recibir una sanción; salir fortalecidos como ciudadanía, como pueblo, requiere de una rebelión cívica anclada en la solidaridad, en la responsabilidad social; exige reforzar nuestra pujanza como sociedad civil cohesionada. No dejemos que las potentes inercias del pasado nos atrapen. Seamos reactivos, innovemos, impulsemos y arropemos en un nuevo auzolan social iniciativas en las que podamos ser útiles. Conquistemos, civilicemos nuestro futuro.

VI. Conclusión: el valor de lo público

Uno de los debates que emerge con fuerza en este inédito y complejo contexto social se centra en una renovación de nuestra creencia en la misma democracia y en particular en la defensa cerrada de la sanidad pública. Hace ya tiempo Michael Sandel advirtió que no es lo mismo la “economía de mercado”, entendida como un instrumento eficiente para la distribución de bienes y servicios, que nuestra actual deriva, convertidos en «sociedades de mercado» en las que se presupone que todo puede ser vendido y comprado al margen de su valor intrínseco y de su relevancia moral.

El debate no debe centrarse en contraponer como polos opuestos economía frente a salud de la ciudadanía; la economía de mercado es una herramienta valiosa y efectiva para organizar la actividad productiva. En cambio, una sociedad de mercado es un lugar en el que todo es susceptible de venderse.

Es un modo de vida en el que los valores del mercado y las relaciones comerciales alcanzan cualquier esfera de la vida, desde las relaciones personales hasta la sanidad, la educación, la vida cívica, la política… eso es lo que debemos aprender de estos duros momentos y que deberemos corregir en nuestro rumbo como sociedad.

Nuestra primera muestra de rebelión cívica podría materializarse en abrir y promover un debate acerca de cómo el mercado debe servir al bien público. En su extraordinario ensayo sobre lo que el dinero no puede comprar, Michael J. Sandel planteó una de las mayores cuestiones éticas de nuestro tiempo: ¿hay algo malo en que todo esté a la venta? Si es así, ¿cómo podemos impedir que los valores del mercado alcancen esferas de la sociedad donde no deben estar? ¿Cuáles son los límites morales del mercado?

Sostenibilidad implica también compromiso frente y contra la desigualdad desde la solidaridad social; si el dinero, si la capacidad adquisitiva se convierte en el factor que decide el acceso a los fundamentos de la vida en sociedad como son la salud o la educación, entre otros; si tal inercia se mantiene en el tiempo, acabaremos convirtiendo derechos sociales en bienes de lujo solo accesibles de forma censitaria a quienes puedan pagarlos.

Vivimos en la sociedad de la irresponsabilidad. Nadie o casi nadie, ni en la esfera pública ni en la privada, se reconoce responsable de nada. Hoy día es preciso dar prioridad absoluta a los principios y valores que proclamemos como referentes de nuestro modo de entender la gestión de la res publica, de los asuntos públicos. De lo contrario naufragaremos. Nos jugamos mucho en esta empresa.

Los derechos sociales sólo se garantizan si existe detrás una buena gestión eficaz y eficiente de las políticas y recursos públicos. Y el listón de legitimidad en el desempeño de la función pública se elevará tras esta crisis. Se ha abusado del lema de que los problemas no nos estropeen un buen titular o un eslogan con pegada mediática.

¿Quiénes son los mayores enemigos de los derechos sociales? Aquéllos que impulsan, favorecen, permiten o justifican la banalidad en la gestión. Lo demás es pura ingenuidad demagógica. Tan enemigo del estado de bienestar es quien admite querer su destrucción como el que, declarándose su más ferviente partidario, se dedica a dilapidar los recursos disponibles en proyectos espurios o corruptelas varias, lo que acaba convirtiéndolo en económicamente inviable.

Hay que priorizar: no se trata de hacer “muchas” cosas, pseudo movimiento para volver al mismo sitio, sino de hacer lo que hay que hacer (al menos prestar los servicios públicos esenciales) lo mejor posible. Y la misión prioritaria e inaplazable de esta época es hacer que el andamiaje institucional en el que se sustenta y apoya lo público aspire a la excelencia o al menos que funcione de forma lo suficientemente eficaz y eficiente como para no poner en peligro el Estado de bienestar. Ante esta tarea las diferencias ideológicas deberían quedar en un segundo plano. Nos va mucho en ello y está en nuestras manos. Gure esku dago!!!!