Iñaki Uriarte Palacios

Barcelona (1946). Arquitecto por la Escola Técnica Superior d´Arquitectura de Barcelona. 1978. Miembro de la Comissió de Defensa del Patrimoni Arquitectónic del Col.legi d´Arquitectes de Catalunya, Demarcació de Barcelona. 1980 a 1986.

Colegiado nº 1280, en el Euskal Herriko Arkitektoen Elkargo Ofiziala / Colegio Oficial de Arquitectos Vasco -Navarro. (1987). I Premio Internazionale Mario Roveda, Ecomuseo Adda di Leonardo (Milano, Lombardia, Italia) 21.03.2009, “Por la recuperación y valorización del paisaje cultural en el ámbito nacional e internacional”.

Hutsurbi

En esta forzada situación preventiva colectiva ante la devastadora pandemia designada como Covid-19 ¿cómo denominar el éxodo humano urbano para la población de Euskal Herria en tan inédita relación entre el vacío y la ciudad?

Hutsurbi. Un neologismo imaginado compuesto de dos palabras de antiguas lenguas, del euskera “Huts”, vacío, tan preconizado por Jorge Oteiza (1908-2003) y del latín “Urbi“, ciudad, y así escrito con dos tipografías diferentes, normal y cursiva, para denotar que es un vocablo forzado como la realidad que intenta expresar: la ciudad ha sido vaciada forzosamente.

 

Un conflicto sanitario mundial contra un implacable e invisible enemigo público que llega casi de incógnito, se expande progresiva y furiosamente donde todas las inocentes víctimas están desprevenidas e indefensas y las mortales desaparecen casi anónimamente. En realidad, raptadas por la muerte casi sin posibilidad de rescate. Personas que se van apenas solas, con pesar, sin pésame ni un tiempo debido de duelo y se cuentan numérica, estadísticamente.

Mientras, en los supervivientes acuden pensamientos y desolaciones diversas. La insólita contemplación de los lugares públicos desalojados, atrapados por el vacío, su hermana la soledad y su hermano el silencio, donde no existe vitalidad, el ocaso humano ¿es una alucinación o la única cualidad impuesta por este azote universal?

¿Virtuosismo visual virtual? El ágora urbana aparece exenta, fuera de tiempo, cercada, anestesiada, solo el espacio es apreciado en toda su realidad: dimensionalidad y diafanidad, profundidad y detalle. La calle es más larga al mirar, la plaza es solo un recinto para nada y para nadie, los puentes aislados, desvinculados de las orillas, intransitados, sin pasantes. Tampoco llueve, bendita agua que distrae aportando un fluido murmullo y un aroma de humedad.

Sitios silentes, insípidos, solo hay lugar para la desocupación en un tiempo que parece parado. La ciudad se muestra como una maqueta gigante, a una escala natural pero irreal, paisajes sin paisanos donde el sujeto humano ha desaparecido. Su abrumadora escenografía permanece expuesta a modo de cuadro hiperrealista, latente, inerte, sin asistentes, un elogio de la ausencia. Un fascinante capricho arquitectónico. El amplio paraje del desamparo pleno de nulidad, lo mismo que el silencio es salud en soledad, es tal vez un síntoma de solidaridad ordenada y obediente. La ciudadanía asiste confinada, resignada, abatida por el asedio del dolor, el cerco de la tristeza y apenada por la melodía de la melancolía.

Habitualmente la ciudad, el mayor espectáculo del mundo, contemplada como sucesión de escenarios urbanos son lugares simultáneos donde concurren actores y espectadores. Repentinamente la función ha terminado. Ahora, todos expulsados, somos observadores de sorprendentes situaciones forzadas de larga aunque caduca duración. Esta no pactada paz urbana, con la deserción y la quietud como virtud quizá conforma un fervor vacui. La calle, la plaza, espacios de relación humana son remplazados por visiones ventanales, un nuevo sistema operativo

Contemplativo, “Windows 2020”.
Niña en la Ventana. c1920. Aurelio Arteta (1879-1940).

Piazza d’Italia, 1952 Giorgio de Chirico (1888-1978)

Otras miradas

Las referencias monumentales de la urbe, ahora elementos, distraídos de la admiración humana, permanecen insolentes poseídos de belleza inmortal, como paréntesis de hermosura. Una explosión visual, magia estética con incluso instantes de éxtasis que expresan el significado de la arquitectura en la ciudad. Un patrimonio y paisaje descontextualizado, ilusorio. La ciudad “fantásmica”, entre fantasma y fantástica asume, ensimismada, un resignado renacer de su esplendor sin asaltos y enemigos ni añadidos pululantes. Una oda a la ciudad abandonada, un paraíso virtual irrepetible.

La visión vacía de la ciudad tiene un relevante precedente pictórico en la Italia central durante el Renacimiento con la obra La cittá ideale atribuida a Francesco di Giorgio Martini (1439-1502) realizada sobre 1490-95 donde se describe la perfecta armonía de un amplio panorama urbano desolado organizado en equilibrio compositivo de simetrías y belleza formal con arquitecturas clásicas, amplias plazas y perspectivas profundas con horizonte remoto. Más recientemente, el pintor Giorgio de Chirico (1888-1978) en su repertorio creativo denominado pintura metafísica entre 1911 y 1920 describe la serie Piazze d´Italia con intrigantes visiones surrealistas de ambientes en su mínima expresión, espacios geométricos y lugares silenciosos, en calma sin presencia humana. Sugestivas imágenes pictóricas como ahora obligada y disciplinadamente no podemos percibir, solo intuir.

Esta prolongada situación de reclusión que gran parte de la humanidad estamos desigualmente padeciendo y escuchando en sigilo, es asimilable a una sinfonía del silencio que se inicia con un Introito invasivo, una obertura de lejana influencia oriental, en un tempo de Andante moderato, seguido de un Vivace (vivaz) y voraz que se desarrolla en modo Allegro prestissimo (extremadamente rápido) y Largo pero concluirá, a pesar de todo lo oído, vivido y especialmente sufrido de modo apoteósico en un respetuoso Adagio finale con el inconmensurable triunfo total de la ciencia médica sobre el mal. Posteriormente, un Réquiem Universal memorará a todos los que, desamparados, se fueron en tristísima soledad.

En la antigua Grecia el destierro de la polis (urbe) un ostracismo de la vida comunitaria era la suprema condena del ciudadano griego. Ahora que la sociedad vasca tiene percepción, muy parcial, del confinamiento, su conciencia y memoria debe posicionarse firmemente exigente y solidaria también en la gravísima e injusta situación de los prisioneros políticos vascos algunos con decenas de años de dispersión en aberrantes condiciones de hostigamiento y venganza que están provocando graves enfermedades e incluso muertes por represivas negligencias médicas y políticas.

En este control del caos vírico con la libertad limitada de movimiento y el confinamiento, la casa se reafirma en su sentido de domus, la sede del ser humano. El hogar entendido en su razón de ser como la unidad básica familiar de convivencia, cooperación y conversación, de mesa y de transmisión de identidades. Especialmente en un tiempo de residencia y resistencia como en las represiones políticas totalitarias, al modo de partisanos recluidos, calle por calle, casa por casa hasta que la misión sanitaria salvadora venza al virus y nos libere. Mientras, en este período sin medida que aparenta detenido, los que quedamos, estamos reconvertidos en habitantes de Km 0.

Plague in Athens c. 1652   Michiel Sweerts (1618-1664).

Juicio final

Hoy, más que nunca este estado de excepción global, de tregua urbana, nos interroga, o quizá nos acusa. La sociedad está obligada a un nuevo orden total, a cambiar sus destructivos hábitos desarrollistas de producción y enriquecimiento frenético sin límite de unos desalmados explotando y empobreciendo al resto de la humanidad olvidando sus verdaderas y elementales necesidades sociales y a respetar la naturaleza con sus otros seres vivos. Y especialmente a no tolerar la irresponsable anormalidad que supondría volver a la, mal denominada, normalidad. Este vacío generado por el miedo y el confinamiento debería ser llenado de racionalidad, de colectividad porque el mundo, otro mundo muy diverso es posible, y la vida seguirán en un Perpetuum mobile.

 

Un nuevo paradigma  se vislumbra en un horizonte de color de esperanza; una escala con rango universal de supremos valores plenos de humanismo que apelan a la conciencia colectiva de la necesidad de solidaridad, exigencia de sostenibilidad y la defensa de la Tierra como lugar único de la vida de las personas. El agua y el pan para todos con la ética y la moral, la  ciencia y la técnica, la justicia y la cultura al servicio de los derechos del ser humano.

Como conclusión, es obligado apreciar y participar en todos sus valores, sin intromisiones militares, de la inmensa riqueza que supone en Euskal Herria la investigación, la medicina, sus dotaciones, los profesionales y las catedrales de la sanidad, los hospitales. Un patrimonio de la humanidad

El día se alarga, la esperanza se divisa, la primavera se avergüenza de haber llegado en tan mal y mortal momento.

Anatomía de una ciudad que “no existió”. Mensaje legado a un romántico del futuro y en memoria de los que ya no regresarán a la urbe cuando sea historia este hutsurbi.