Pedro Ibarra

Abogado laboralista y de presos políticos durante el franquismo. Catedrático jubilado del Departamento de Ciencia Política de la UPV/EHU  Presidente  de la ONGD  Baltistan  Fundazioa, Director de la Fundación Betiko  (estudio y difusión de actividades movimientos sociales ). Ha escrito diversos libros sobre movimientos sociales, conflicto nacional y la crisis democrática.

También colabora en el movimiento social Ongi Etorrri Errefuxiatuak de apoyo y solidaridad con refugiados y emigrantes

Las cosas van a cambiar

Nos llegan relatos de cómo y hacia donde salir del escenario de desolación de la post-crisis. Muy en síntesis, dos relatos.

El relato, probablemente dominante, de salir de la crisis con la pretensión de mantener el sistema. El relato en favor de recuperar la normalidad; eso es, más o menos, recuperar lo de antes. Sin más.

El relato de cómo salir de la crisis cambiando el sistema para que, entre otras razones, futuras crisis no tengan efectos tan devastadores y sobre todo tan desiguales. Se trata de ver cómo podría ponerse en marcha (sería deseable que se pusiese) un proceso de movilización social dirigido hacia la constitución de una sociedad sustancialmente distinta. Un cambio en el cual la producción y distribución -el mercado- capitalista y la democracia vaciada  vayan cediendo paso a una sociedad construida sobre el protagonismo operativo de lo común -y de lo público- en todas las dimensiones políticas y sociales. Una vida social asentada desde y para la igualdad y solidaridad.

Lo que sigue va de este relato.  Lo que se trata es de evaluar las -al menos- posibilidades de esa puesta en marcha.

Ver en que medida tanto desde la misma crisis como desde su escenario posterior, surgen una serie de oportunidades cuyo ensamblaje y uso puede conducir a logros estratégicos. Preguntarse cuáles pueden ser l nuevas conexiones entre las distintas variables – organizativas, culturales, políticas etc. – en juego que hagan posible  una  confrontación social que tenga significativas probabilidades de avanzar significativamente hacia un cambio de sistema. Destacar algunos retos que se van a presentar para lograr esos objetivos transformadores

Resulta muy posible que en este escenario postcrisis se produzcan acontecimientos colectivos que constituyan por sí mismos un momento que cuestione la totalidad. Nos referimos a esos eventos (les evenements de Badiou) donde más allá de la demanda del colectivo correspondiente, es el acto, el acontecimiento por sí mismo, el que expresa la exigencia de regeneración radical –completa– de la democracia. [1]En el espacio social, surgen grupos con reivindicaciones cuyo contenido rompe la razón y al tiempo la “razonabilidad” del sistema democrático. Recordar que la cultura política implantada en las democracias realmente existentes, establece y legitima la práctica de quiénes y qué pueden reivindicar; marca reglas de juego sobre qué es lo que se puede proponer y hasta donde se pueden proponerse esas demandas. El acontecimiento elimina en su formulación –rechaza constitutivamente- esos requisitos, limitaciones y exclusiones en el ejercicio soberano de la causa democrática.

Estos acontecimientos buscan la totalidad. La misma se expresa en el acto de una comunidad que cristaliza la solidaridad cotidiana en una acción multi- sectorial, en la defensa de lo común. En el rechazo al monopolio institucional de las decisiones políticas y en la exigencia de la totalidad. Es él sistema el que debe ser cambiado[2]

Un acontecimiento estas características puede ser el momento naciente -un factor detonante- de un proceso de confrontación totalizador. Asimismo, puede ser autónomo o estar ligado -o dentro- de un preexistente o también naciente movimiento con pretensiones de continuidad en el que opere ya de alguna manera esa voluntad totalizante.

¿Cuándo hay condiciones adecuadas para el surgimiento de estos momentos o a veces –luego- movimientos momentistas? ¿Cuáles son las coyunturas que favorecen estas explosiones totalizantes? Las crisis generan estos acontecimientos. Son coyunturas en las que el desprecio material, económico, social y político del sistema frente a sus súbditos resulta ya insoportable. Las políticas de austeridad suelen ser un escenario clásico. Qué duda cabe que la miseria que se avecina a partir de la crisis pandémica, va a incrementar esa situación de insoportabilidad .

Sin embargo, este escenario por sí mismo no provoca de forma universal- todos quieren el cambio acontecimientos como los descritos.  Puede haber respuestas de exigencia de cambio, pero las respuestas mayoritarias también pueden y suelen ser de ordenada y razonable movilización en búsqueda de recuperar la normalidad. Esto es, en establecer las condiciones de vida y el sistema de reparto de bienes y rentas y de asignaciones de trabajo y de decisiones políticas… hasta ahora existente. El anterior a la crisis.

El normal …para algunos. El retrato es el de una sociedad dividida.  Aquellos que están dentro del sistema, que viven dentro de sus beneficios y que además creen que pueden seguir ahí sobreviviendo y aun mejorando en la medida en qué se muevan dentro de él y de sus normas.

Aquellos que se han quedado fuera del sistema –parados, precarios, las mujeres (en especial cuidadoras) disidentes, emigrantes, sectores juveniles, grupos marginales etc. Progresivamente han adquirido la conciencia de que no es posible entrar en el espacio sistémico. Conciencia justificada. La desigualdad, la exclusión, no se entiende dentro del sistema como una crisis que debe ser “arreglada” sino como algo constitutivo –eterno- del mismo. Y así lo organizan.

La opción de estos otros es la presión desde fuera contra el sistema como tal.[3] Eso quiere decir que esos acontecimientos, movimientos, pueden surgir y de hecho surgen desde la conciencia colectiva de los que están fuera.  No solo de ellos, pero sí principalmente.  Acumulan razones para no jugar dentro. Porque saben que es jugar en un escenario con unas condiciones, reglas y horizontes que no están hechos para ellos. Ni lo van a estar. Tienen que jugar desde fuera, desde la solidaridad dirigida a construir lo común en todo y para todos. En esta línea, no tienden a optar por la reivindicación individual, la que proviene de la oferta del sistema. La de búsquese usted su vida dentro de nosotros, que nosotros arreglaremos su caso. Ni siquiera le resulta útil la elección individualista porque está reservada para los otros, para los que están en él y siguen creyendo en su protección.  Pero su opción por la lucha solidaria, por la búsqueda de lo común en la organización de la confrontación y en los resultados que se buscan, no obedece solo a este cálculo. En los que protagonizan estos momentos, estos acontecimientos, existen experiencias y convicciones solidarias.

Además, tienen ventajas en la cuestión de las oportunidades. Ese gran sector marginal de la población, afectada especial y desigualmente por las consecuencias de la pandemia (la pandemia no es igual para todos) se hallan en más y mejores  condiciones –  parecería que su dramática vivencia  les exige conocer mas a fondo las causas de su situación – de entender las raíces sistémicas de esa desigual virulencia.  Por tanto, están también en mejores condiciones -las oportunidades aparecen más claramente- de entender que la solución pasa por la totalidad, por la eliminación de las actuales raíces del sistema y su sustitución por otro sustancialmente distinto.

En ellos resulta más  impactante la visibilización en la crisis y través de la misma, de la injusticia, la desigualdad y la insostenibilidad del sistema al tiempo de hacer aparecer como deseable -y también mas justificada- la búsqueda de un horizonte distinto. La pandemia demuestra que la crisis medioambiental está siendo provocada por el desarrollo energético e industrial.  Que, a través del fracaso de la gestión pública de la salud, la vida está siendo supeditada al interés privado. Que una alimentación adecuada y extendida para todos está siendo también limitada, supeditada, reducida y falsificada por el sistema de producción y distribución capitalista alimentario. Demuestra la desigualdad de género existente, a través, entre otras cosas, por papel central que están llevando las mujeres en el cuidado. Que el sistema siempre acaba resolviendo los problemas de desigualdad y de marginación a través del ejercicio de autoritarismo y la crisis como opción estratégica de su mantenimiento. La crisis demuestra la miseria del mercantilismo como el eje en torno al cual se articula la vida social, generando una medida de las cosas en la que
no encuentran lugar otras referencias y otros valores –que no sean los del mercado- sobre los que sustentar la convivencia humanaDemuestra que tanto la naturaleza como las relaciones sociales han sufrido la irrupción del mercado hasta los últimos rincones, dando como resultado una crisis sistémica de proporciones nunca antes conocidas.

La crisis y la postcrisis generan las oportunidades culturales descritas.   Es reforzada la convicción sobre la necesidad de la transformación sustancial del sistema adquiere mayor densidad y racionalidad. Además, vivirse más herido, marginado, vulnerado, añade más fuerza a ese deseo – ahora también convicción- de transformar el mundo

Hay que considerar ahora los procesos de movilización con sus correspondientes retos. Estos emergentes movimientos momentistas, evolucionan hacia movimientos sociales con sus procesos de lucha organizados y estables. Bien hacia la construcción de nuevos movimientos que adquieren un peso protagonista en la confrontación social, bien a través de la incorporación en redes y movimientos sociales preexistentes y su orientación hacia estos horizontes de transformación. Parecería más probable este segundo escenario. Entre otras razones porque entra dentro de lo muy posible que en y entre los viejos movimientos ya se estén produciendo transformaciones estratégicas y de objetivos hacia una mayor totalidad [4].

En segundo lugar, también resulta probable que viejos movimientos reorientados, o viejos y nuevos funcionando en red, encuentren apoyos significativos en la movilización social. La epidemia ha demostrado a través de la aparición de diversas redes de solidaridad, que existe una cultura solidaria activa, que no sólo funciona a nivel militante en organizaciones estables, sino que es capaz de ponerse en marcha tanto en momentos de crisis como en momentos de confrontación generalizada.

Es cierto que la cultura dominante más presente entre los que están -o creen estar- dentro del sistema, es la individualista.  Habría que preguntarse  si existe, -a lo mejor de forma más extensa de lo que parece- esa cultura –en realidad memoria– solidaria… también dentro de los que están dentro.  Si así fuese estos movimientos prácticamente orientados hacia objetivos antisistémicos podrían recibir apoyo de otro sectores de la sociedad.

Señalar la aparición de un cierto sentimiento intuitivo -más emotivo que racional- en muchos sectores y clases de la sociedad del tipo ¿qué es lo que nos ha ocurrido? lo que nos ha pasado tendría que hacernos pensar que deberíamos vivir de forma distinta frente a lo común, frente a la relación con los otros, etc. Son intuiciones que no tienen por qué derivar hacia opciones alternativas racionales. Sin embargo, desde las mismas se hace más comprensible, más cercano y aún más merecedor de apoyo, propuestas de movimiento o movimientos que formulan -ahora ya con razones concretas- propuestas de cómo vivir en y desde lo común.

El miedo es la barrera establecida para impedir el salto hacia una extensa conciencia colectiva alternativa. En una sociedad como la que va a surgir en los próximos tiempos el miedo va a seguir teniendo un papel relevante. El miedo que conduce a confiar solo en las soluciones individuales y a que solo lo establecido por el poder resuelva los –mis– problemas. Solo son posibles las soluciones a partir del “esfuerzo” individual. Discurso dominante, práctica social equivalente y conciencia solitaria

El miedo acompañado de la cultura (casi ya ideología) de la incertidumbre, que se expresa no solo el no saber qué es lo que va pasar, sino en no tener ninguna certeza -ninguna- de que se vaya a lograr algo optando por una movida colectiva. Incertidumbre, inseguridad, miedo. O sea, lo que usted diga, haga …y mande

Entra dentro de lo previsible que aparezcan  distintos tres procesos de movilización que impliquen una respuesta a esos contextos, cambios culturales, acontecimientos alimentadores, etc. que hemos señalado.

El primero será la exigencia de recuperar las condiciones de vida -trabajo y prestaciones económicas- anteriores a la crisis. Parece que quien liderase esta movilización colectiva, serían los movimientos sindicales. Tendrían comprensión y apoyo también de mayorías sociales cuya cultura está muy marcada de la combinación de los valores y actitudes que conforman la opción por la seguridad individual

En un segundo escenario de movilización, aparecería la exigencia de lo público y de lo común. Nos referimos a nuevos movimientos o viejos transformados, que, a partir del motor y aun presencia directa, de esos acontecimientos –momentos- referenciados, exigen ya un conjunto de transformaciones sistémicas que se expresen en un sustancial protagonismo del interés público. En la extensión de la igualdad y defensa del bienestar común en la decisión y gestión de las cuestiones medioambientales, alimentarias, etc., y, por supuesto, en todos los ejes/estructuras del sistema económico. Son movimientos que podrían lograr respaldo de aquellos grupos sociales, que, a partir de esas intuiciones y experiencias comunitarias y solidarias provenientes de la crisis, asumirían reivindicaciones tejidas con los valores de lo solidario, lo común y lo público.

Ciudadanos que con el sentimiento -cruzado por el coraje y la esperanza- de que no tiene sentido seguir viviendo así, que hay que transformar nuestras formas de vida, pueden entender a su vez que ello exige una movilización dirigida a transformar, sistemas, contextos etc., en los que vivimos, para hacer posible esa otra vida

En tercer lugar, procesos de movilización a favor de construcción de lo común. Desde determinados grupos sociales, ellos y para ellos mismos, ponen en marcha lo común y su común gestión en diversas dimensiones; trabajo, enseñanza, ciudad, etc.  Además, presionan para que los poderes públicos impulsen el establecimiento de experiencias de lo común en todos los espacios. Que el poder político, en este nuevo horizonte, incrementa sustancialmente lo público, asumiendo la gestión de servicios públicos centrales como sanidad, educación, crédito, etc., y también se convierte en un instrumento de impulso   -pero no regulación – de acciones/organizaciones/ redes en todos los órdenes, basadas en la construcción, defensa y gestión de lo común.

En teoría, no es descartable que en del desarrollo del escenario postcrisis, confluyesen estas tres tendencias o movilizaciones en una plataforma o frente o movimiento común. En teoría. En la práctica más que una solución razonable va a ser uno de los retos más duros de vencer. Aunque ciertamente aparecen nuevos ingredientes reivindicativos, conciencias solidarias y voluntades unitarias, es evidente que ni siquiera el coronavirus es capaz de liquidar la vieja tradición de defender la exclusividad del saber hacer en cada movimiento

A la hora de perfilar posibilidades de -al menos- asentamientos de una u otra tendencia o de una eventual confluencia de todas ellas, hay que tener en cuenta qué es lo que va a ocurrir al otro lado.  Desde los poderes constituidos se van a articular procesos, con muchos más recursos de todo orden, dirigidos básicamente a operar en el escenario de la vuelta a la normalidad.  Pudieran darse –se darán- confluencias (¿otros Pactos de la Moncloa?) a partir del conflicto en terreno compartido, de los poderes públicos con grupos o movimientos que operan en la sociedad limitando sus reivindicaciones hasta el extremo de hacerlas asumibles por el régimen político correspondiente. Entra dentro de lo más probable que la movilización social en una primera y larga etapa concentre toda la movilización en la exigencia de la recuperación de lo perdido.  En ellas estarán presentes las fuerzas en las que ese sea su objetivo principal o casi único, y aquellas otras más alternativas que sin embargo entiendan que en esta primera etapa lo que hay que hacer es priorizar esta etapa de recuperación. Está dinámica plantea un reto central a las movilizaciones alter-sistémicas. Lograr que la concentración en la reivindicación por la normalidad no relegue para siempre, o sin más absorba, las otras exigencias, que, por otro lado -volvemos al principio- tienen significativas oportunidades para su planteamiento. Que esa potencial cultura solidaria surgida a partir de la crisis y proclive a las demandas de transformación sea también absorbida – desgastada- por todo el proceso de lucha por la recuperación

En el escenario postcrisis, la movilización presencial que no es el único, pero sí uno de los recursos centrales de la acción colectiva, va a resultar prácticamente imposible. En ese sentido, otro de los retos que se presenta tanto para los grupos motores –acontecimientos, momentos- como movimientos y organizaciones más estables con fines  alternativos,  va a ser encontrar otros recursos (los hay[5]) de que sean capaces de asumir las funciones de la movilización física presencial; en concreto la impactante visibilización en la sociedad de la exigencias sociales y, al mismo tiempo, el ser percibido por los poderes establecidos o por las instituciones políticas como unas relevantes y  comprometidas exigencias que no permiten la pasividad como respuesta.

Para responder a estos retos estrategias políticas dominantes, y también políticas autoritarias dirigidas entre otras cosas al impedimento de la movilización-   en principio aparecen repuestas

No sólo alianzas internas entre movimientos u otros sujetos sociales, sino la búsqueda de alianzas políticas con formaciones de izquierdas que puedan generar a su vez quiebras y debilidades internas en las estrategias de confrontación provenientes del poder.  Por otro lado, que los relatos, los discursos, los recursos de movilización y el planteamiento de las reivindicaciones transformadoras remuevan esa que denominábamos persistente y a lo mejor crecida cultura -más intuitiva que razonada solidaria- dirigida hacia una opinión pública activa

Finalmente, la cuestión del autoritarismo. Se incrementará. Un trio de generales forrado de condecoraciones presidiendo una rueda de prensa dedicada a solventar un asunto de… salud pública, es un ridículo espectáculo, pero también una dramática señal de lo que viene.  Ello implicará que también una de las reivindicaciones que se incorporen al programa amplio de unas, o un conjunto de organizaciones, deberá ser la denuncia al autoritarismo. Al tiempo, la existencia de represión será un factor que puede incorporar a más sectores sociales a una opinión pública más avanzada.

Acabo. Complejo panorama, pero también nuevas -y más- oportunidades para dar un salto. El buen salto.

[1]   No referimos a  concentraciones / movilizaciones  físicas  en las  que aparecen no  tanto u n programa reivindicativo sino una afirmación simple y contundente de denuncia del todo  existente y exigencia de un todo radicalmente distinto

[2]  El momento, luego movimiento, más conocido es el 15-M pero sin duda hay otros que al menos tiene ese estilo -ese aire- de ser acontecimientos que rompen. Les gillets jaunes podría ser uno de ellos

[3]  Estos otros ( parados mujeres precarios, jóvenes emigrantes ,etc)  no conforman  una  alianza ni resulta muy poco posible que la conformen . Sus gentes acceden impulsan y protagonizan  prioritariamente la puesta en marcha de acontecimientos y movimiento. Confluyen unos y otros, con, por  supuesto, muchas otras gentes que de hecho no estén arrojados del sistema.  Las alianzas   que se puedan   llevar a cabo serán entre movimientos y organizaciones

[4]  Determinado sindicalismo presenta esta tendencia más totalizante.  Otros movimientos sociales de carácter sectorial operan desde ampliar reivindicaciones más allá de sus demandas originales.  Y evidentemente el movimiento feminista está ya en esta onda

[5]  La historia de los movimientos sociales está llena de ejemplos y  prácticas de  formas de acción colectiva que no son  movilizaciones presenciales de compactos conjuntos. Así por ejemplo no resulta difícil imaginar y luego construir, actos de desobediencia individual que sean presentados -y recibidos- como también una compacta red de impactante desobediencia civil