Xosé Estévez

(Quiroga, Galiza, 1943). Historiador y Profesor senior de la Universidad de Deusto. Ha dedicado sus investigaciones al ámbito de la historia moderna y contemporánea, especializándose en las relaciones entre los nacionalismos gallego, vasco y catalán (Galeusca).  Colabora con artículos de opinión en la prensa escrita de Euskal Herria y de Galiza.

Las epidemias antiguas en Euskal Herria

El confinamiento covírico tiene algunas ventajas, entre ellas, distraerse del absorbente tráfago diario moderno y dedicarse a otras laboras más reposadas: meditar sobre las contingencias terrenales, dedicarse con más intensidad a la familia, reflexionar sobre “humana et divina re”, reposar el ánimo alterado, leer nuevos libros y releer aquellos arrinconados en los anaqueles del olvido.

Las circunstancias actuales son una excelente coyuntura para un historiador vocacional, aunque se halle apartado de las tareas docentes por mor de la edad. Un historiador siempre encuentra en el pasado acontecimientos que sirvan para esclarecer el presente y encauzar el futuro. Este es el caso de las epidemias históricas, actualmente de mórbida actualidad.

Acerca de las epidemias en Euskal Herria no existe un estudio completo, aunque sí excelentes estudios parciales sobre la famosa epidemia atlántica, transmitida por una pulga y acaecida entre 1597-1602, que comenzó en Santander y se extendió rápidamente por los territorios vascos. José Antonio Azpiazu y Cruz Mundet, antiguo alumno de este servidor, se han encargado de analizarla en la zona de Deba, el primero, y en Donostia y Oarsoaldea, el segundo. Fue muy mortífera en Pasaia, donde murió el 45% de la población, y en el condado de Oñati, localidad en la que falleció el 25%.

Araba y Vitoria no fueron ajenas a las pestes que diezmaron su población a finales del siglo XVI. Entre 1564-68 una de ellas afectó a Araba, y muy especialmente a Vitoria. El cura de Lanciego, testigo de la época, establecía una cifra de 2.000 muertos entre Gasteiz y las aldeas, cuando la ciudad no alcanzaba los 5.000 habitantes. Se cerraron las puertas a los forasteros y las ermitas se convirtieron en hospitales. Se distinguió por su dedicación a los demás el barbero-cirujano Maese Francisco de Herrera. Tal como cuentan en su libro Manuel Herrero y Juan Lezaun, fue la única asistencia sanitaria para los afectados, que eran considerados verdaderamente “apestados”, a los que había que evitar por todos los medios.

De la lectura de todas estas obras se deducen algunas características comunes. Las familias ricas se refugiaban en caseríos no contaminados; la peste afectaba más a los pobres y, fundamentalmente, a las mujeres; el hambre, dado que no se podían recoger las cosechas, se convertía en un peligro que en ocasiones superaba al de la propia peste; se originaba una cultura del miedo y de la insolidaridad, salvo algunas excepciones de mujeres, clérigos y médicos; la religión, especialmente la devoción a San Sebastián y a San Roque, se convertía en el refugio al que todos apelaban y los remedios, en virtud del desconocimiento científico del origen, naturales y propagación, consistían en cerrar las puertas de las ciudades, lo que agravaba la situación interna de hambruna, tapiar puertas y ventanas de las casas de los afectados, quemar la ropa infectada y cocer plantas aromáticas en casas y calles.

Sin embargo, esta epidemia, denominada atlántica o norteña, no tuvo la virulencia y extensión de la actual. Para realizar un análisis mínimamente comparativo, debemos remontarnos a la famosa peste negra, que asoló Europa entre 1347-1353 y podría calificarse como una auténtica pandemia, análoga a la del coronavirus. Entre ambas existen concomitancias y también notables diferencias. Sobre su incidencia y repercusión en Euskal Herria no abundan los estudios históricos, excepto el de Peio Monteano en Navarra y algunos parciales más.

Intentaré, por mi parte, realizar un somero análisis comparativo, esperando que la venia de los estudiosos del tema y el perdón de los lectores no me sometan a un confinamiento todavía mayor.

La peste negra, bubónica o muerte negra, fue la pandemia más devastadora en la historia de la humanidad, no tanto por el número de muertes, sino por los efectos que tuvo en la población mundial. Según se explicaba en los libros de historia de mi generación, había sido transmitida por pulgas, que viajaban en las ratas, pero estudios recientes desmienten esta hipótesis y atribuyen la transmisión a las pulgas y piojos incrustados en la ropa y que permanecían largo tiempo en ella debido a la falta de higiene. Afectó a todo el mundo conocido en siglo XIV y alcanzó el punto máximo entre 1347 y 1353. Tenía tres variantes: bubónica, neumónica y septicémica, siendo la más letal y rápida la segunda. Es difícil computar el número de fallecidos, pero se estima que solamente en Europa cobró la vida de 25 millones de personas, aproximadamente entre un tercio y un cuarto de la población europea de la época.

            Sus consecuencias fueron devastadoras, sobre todo, en la Europa más urbanizada del momento. Algunas zonas quedaron despobladas, otras, muy raras, estuvieron libres de la enfermedad o fueron ligeramente afectadas. En Florencia sólo sobrevivió una quinta parte de sus habitantes. En el territorio de la actual Alemania uno de cada diez habitantes perdió la vida, siendo Hamburgo, Colonia y Bremen las ciudades con mayor incidencia.

Un estudio del CSIC, publicado en la revista Scientific Reports, en 2017, concluía que la peste negra entró en Galicia y probablemente también en Euskal Herria vía terrestre, a través del Camiño de Santiago, transmitida por los peregrinos, y no por la costa como hasta ahora se creía. En este estudio se analizaron mediante un método matemático las variables que influían en la propagación de enfermedades infecciosas y acogieron como paradigma de la Peste Negra.

Tras medir dos parámetros, la centralidad y la transitividad o conectividad entre los núcleos de población, las ciudades, el trabajo referido constató que las ciudades más transitadas y más conectadas presentaban una mayor cantidad de infectados/as. Por el contrario, en las urbes más aisladas o periféricas el número descendía. Aunque existían excepciones, en el caso de enfermedades muy infecciosas y con gran capacidad de contagio, la ventaja del aislamiento o de la periferia se perdía. Algo semejante a lo que está ocurriendo en la actualidad con el coronavirus.

La difusión de la peste negra siempre se relacionó con las rutas comerciales. Se originó en Asia Central y se desplazó hasta Europa a través de la ruta de la Seda. En este estudio, además de las vías comerciales, se añadieron otras, como los caminos de peregrinación. De las 1311 ciudades incluidas en la red de este trabajo, 402 estaban conectadas por caminos de peregrinación. Por eso, esta investigación concluye que la peste negra en Galicia, y con toda probabilidad en Euskal Herria, entró por el Camino de Santiago, no por la costa, como ya se podía leer en la crónica del rey Alfonso XI. Ella muestra que la peste ya asolaba Santiago de Compostela en una fecha temprana, julio de 1348.

Realmente, a pesar del inexorable paso del tiempo y de las claras diferencias en todos los órdenes, la peste negra tiene algunas similitudes en relación con la actual pandemia, el COVID-19, tanto en su origen como en la difusión, aunque no en cuanto al número de óbitos. La peste negra, como el coronavirus, apareció en primer lugar en Asia y después se propagó a Europa a través de las rutas comerciales. Fue introducida por marinos en Mesina, Italia, y desde allí se difundió al resto. Hoy también este es el país más afectado, por el momento, en Europa.

Se pueden comprobar ciertas analogías también en cuanto a los síntomas. La peste negra, como el COVID-19, producía fiebre alta, tos y esputos. Pero la principal diferencia radica en que la primera provocaba consecuencias visibles y fatales para el organismo humano como el sangrado por la nariz y otros orificios, manchas azuladas, moradas o negras en la piel a causa de leves hemorragias cutáneas, aparición de bubas negras (pequeños tumores de pus dolorosos) en las ingles, cuello, axila, brazos, piernas o detrás de las orejas, debido a la inflamación de los ganglios linfáticos que, cuando reventaban naturalmente o por incisión sajadora de los cirujanos, provocaban un insoportable hedor.

El miedo era compañero fiel e inseparable de la peste. Manipulado por algunos predicadores, agoreros de la muerte, exaltaban el sentimiento religioso, amilanaban a la población, la sometían a sus directrices y suscitaban donaciones y mandas testamentarias que incrementaba el patrimonio eclesiástico. No faltaba tampoco la “rumorología”, similar a los bulos hodiernos, que ayudaba a diseminar el pánico y el “acojonamiento” generalizado, cuyos beneficiarios eran siempre los mismos, los detentadores del poder económico, político social e ideológico.

Probablemente la más clara semejanza con el coronavirus actual resida en su rápida expansión, lo cual se debe al período de incubación, y, en la actualidad, a otros elementos como la interconexión, el turismo y la globalización. Los científicos indican que el virus yersinia, causante de la peste negra y que fue descubierto todavía en el siglo IX por el médico franco-suizo Yersin en 1894 junto al japonés Shibasaburō, podría tener una fase de incubación no contagiosa de unos diez o doce días. A este seguiría un período de latencia asintomático, pero contagioso de unos veinte o veinte y dos días. En la variante neumónica el proceso era más veloz y letal.

Este período de incubación y latencia tan largos sería una de las causas que permitió su rauda propagación. Una situación similar a lo que sucede con COVID 19, pues muchos de los infectados son asintomáticos y pueden tardar hasta 15 días en manifestar síntomas, mientras que durante este tiempo pueden contagiar a otras personas.

En relación con las medidas de contención también encontramos algunas semejanzas. En la peste negra los procedimientos más comunes eran: aislamiento de las ciudades y de casas, no un aislamiento global, dada la carencia de estados organizados y de fronteras perfectamente delimitadas como las actuales. Encalamiento de edificios para desinfectarlos, y la higiene se reducía a quemar y cocer la ropa e impregnar el ambiente de hogares y calles con el cocimiento de plantas aromáticas.

Es previsible, asimismo, que el estado de confinamiento contribuya al roce corpóreo, al consiguiente incremento de la libido y a un posterior aumento demográfico y posiblemente produzca un aumento del porcentaje de divorcios. En este tipo de situaciones-límite surgió por un lado una literatura de exacerbación religiosa, como las coplas de la muerte, y por otro lado la contraria más epicúrea, el disfrute del “carpe diem”, como se observa nítidamente en el Decamerón, de Bocaccio, o los Cuentos de Canterbury, de Chaucer.

Por último, no debemos olvidar que en las últimas pandemias influyen tres factores incidenciales que no existían en el siglo XIV, o al menos con la misma intensidad que en el momento actual: el cambio climático, la conectividad interterritorial y la globalización.

Finalmente, quisiera desvelar a los lectores que este servidor, nacido en los años del hambre y del racionamiento, sufrió la pandemia de la peste asiática de 1957, cuando se hallaba confinado en el internado del Seminario de las Ermitas, provincia de Ourense, diócesis de Astorga. Gracias a esta epidemia aprendió a poner inyecciones al estilo del rejoneo taurino con 14 años. Recuerdo perfectamente que las cajas del antibiótico usado se llamaban syncrobin.

¡Que tengan una placentera, fructífera y feliz reclusión!

HUIR DE LA PESTILENCIA ES BUENA CIENCIA

Durante mis largos años de docencia siempre procuré inocular en los alumnos el virus del pensamiento crítico y su pertinente vacuna, sustentada en las claves donadas por el análisis histórico. Procuraba poner ejemplos del presente e interpretarlos a través del conjunto de rayos luminosos procedentes de hechos pasados.

No dejaba de repetirles algunas definiciones de historia, la atribuida a Carlos Marx, “El pueblo que desconoce su pasado está condenado a repetirlo, con frecuencia de manera trágica”. Esta otra: “La incomprensión del presente nace fatalmente de la ignorancia del pasado”; de Marc Bloch. Y la de los ensayistas romanos: “Historia magistra vitae”.

Impartí durante varios cursos el crecimiento demográfico del siglo XVI y la crisis del siglo XVII, asaeteado por numerosas epidemias. Un breve y no exhaustivo repaso nos ofrece una excelente oportunidad para extraer reflexiones, analogías y diferencias, que puedan tener validez en la ilustración del presente y la prevención del futuro.

En 1501 hubo peste en Barcelona. En 1507 devastó Cádiz, un brote en Bizkaia, y repitió en Barcelona, llegando hasta Sevilla, con rebrote en 1510. En 1515 nueva epidemia en Barcelona. En 1519 la pestilencia asoló Valencia, Zaragoza y Barcelona, donde se aplacó en 1521.

El médico Francisco Franco aseguraba que en 1522 llegaron a morir en Sevilla diariamente 800 personas. En 1523 la peste atacó Mallorca y Valencia. En 1524 Xátiva y Sevilla padecieron la peste bubónica. Reincidió en Xátiva en 1527 y de allí se extendió a Aragón en 1528, donde continuó hasta 1530, con un foco en Bilbao y Balmaseda.

En 1533 la peste incendió Aragón. En 1551 le tocó a Valencia, donde en 1555 la viruela y el sarampión hicieron estragos. En 1557 otro contagio surgió en Granada y se extendió por España. Al año siguiente hubo peste en Murcia y Barcelona.

En 1560, una peste llegó a Burgos y hubo contagio en Barcelona. En 1563-64 de nuevo estalló en Barcelona y fue mortífera en Zaragoza y en Araba, procedente de ropa francesa infectada. En 1565 se reprodujo en Sevilla. Nuevos episodios ocurrieron a partir de 1566, coexistiendo con malas cosechas. Mateo Alemán aludió a ella en El Guzmán de Alfarache: “Líbrete Dios de la enfermedad que baja de Castilla y del hambre que sube de Andalucía”.

En 1580 hubo peste en Madrid y Barcelona y viruelas en Sevilla. En 1581 persistía la peste en Sevilla, que se desplazó a Extremadura y León, y se enquistó durante 1582 y 1583.

En 1582 San Cristóbal de la Laguna, en Tenerife, sufrió un brote de peste bubónica, que se reprodujo en 1583, y se llevó por delante entre 5.000 y 9.000 personas. Las bacterias causantes de la enfermedad llegaron transportadas en unos tapices infectados provenientes de Flandes.

Valladolid sufrió peste en 1583 y Toledo la viruela los dos años siguientes, que llegó a Madrid y a Burgos en 1587.

En 1589, la peste afectaba a Barcelona. En 1590 en Valladolid se extendieron fiebres contagiosas. Otra peste se declaró en Sevilla de 1594 a 1597. Desde 1598 enseñoreaba el norte la peste atlántica, traída por un barco a Santander desde Flandes. De Cantabria se difundió hacia Euskal Herria y Galicia y penetró en Castilla y desde Madrid llegó a Sevilla. En mayo de 1599, el cronista Luis Cabrera informaba: “pero de Sevilla se tiene aviso que había picado la peste en Triana, y lo mismo de Ponferrada en Galicia, y en Burgos también, y lo mismo en Estella de Navarra, y en diferentes lugares del reino”.

En el siglo XVII hubo tres grandes episodios pestíferos, el iniciado en 1598 y prolongado a los primeros años del siglo XVII, la mortífera peste de 1646-52 y la tercera, la última del siglo XVII, comenzada en 1676. Las tres produjeron, por lo menos, 1.250.000 muertos, en un Estado español que rondaba los 7 millones de habitantes.

La peste atlántica de 1598 procedente de Flandes es singular por su especial afectación al norte peninsular, causando estragos en Euskal Herria, especialmente en Pasaia y Hondarribia, entre la guarnición militar.

La peste de 1646 a 1652, que se cebó especialmente en Andalucía (1649). Fue la epidemia de peste más grave que vivió Sevilla en su historia. Tuvo su apogeo en 1649 y fue la causa principal de la decadencia de Sevilla, cuya población se redujo casi a la mitad y murieron la mayoría de los médicos.

La tercera peste importante del siglo XVII se originó en 1676 en el puerto de Cartagena tras el desembarco de ropas procedentes de Inglaterra. De allí pasó a Murcia. Aunque se dio por extinguida en 1677, en 1678 resurgió de nuevo en Málaga y se transmitió a otras zonas, agravada por las malas cosechas de 1684-85.

Hubo otras epidemias menos letales en el siglo XVII. Antes y después de la gran peste de 1649 se desarrollaron otros contagios en 1607, 1609, 1611, 1615, 1618, 1619, 1630-31 (en Bizkaia), 1659, 1666 y 1667-69.

Si analizamos todos los episodios pestíferos podemos deducir algunos rasgos comunes.

En esta época las pestes eran recurrentes, formaban parte del paisaje cotidiano y funcionaban como un equilibrador natural de la población en relación con los recursos alimenticios.

Venían normalmente asociadas al hambre y a menudo a la guerra, que, además, ejercía de transmisor a causa del paso de los ejércitos. Por eso, se cantaba con frecuencia la letanía: “A peste, fame et bello; liberanos Domine”.

Las infecciones más relevantes eran la peste bubónica, que circulaba desde la peste negra del siglo XIV, el tifus (tabardillo), la difteria (garrotillo), la viruela y el sarampión.

Los principales transmisores eran las ratas y pulgas y los más importantes contagiadores los movimientos importantes de población, mercaderes, peregrinos, soldados y ropas infectadas.

Se cebaban en las ciudades más pobladas y en los barrios más pobres y con menos higiene; por tanto, la mayor mortalidad se producía entre las clases más bajas y también entre los médicos, el personal sanitario de la época. Un coetáneo escribió al respecto que “esta enfermedad daba a la gente pobre, mísera y mal mantenida, dejando libres las personas de regalo y buenos mantenimientos”. Por franjas de edad los más afectados eran niños y ancianos. Se creaban hospitales extraordinarios en conventos, iglesias y ermitas.

En el confinamiento tenían especial relevancia los médicos, clérigos y autoridades locales, que se encargaban de toda la logística frente la difusión, careciendo de importancia la autoridad central, dadas la estructuras no conectadas y globalizadas, a pesar de la inauguración de la economía-mundo en el siglo XVI según I. Wallerstein.

Carecían de un conocimiento científico de las causas, por lo que los remedios se basaban en la experiencia. El primero y más recomendado: la huida. “Huir de la pestilencia es buena ciencia”, así aconsejaba en 1616 Juan Sorapan de Rieros, médico extremeño, que conoció bien la peste atlántica, y añadía: “Huir luego, huir lejos y huir largo tiempo“. Pero la huida era privilegio de los pudientes, que poseían señoríos y predios diseminados a lo largo de diferentes territorios. Otras medidas eran el cierre de ciudades, el confinamiento en casas, el encalamiento de las paredes, el uso del vinagre como desinfectante de libros y cartas, más higiene en calles y casas, el control de las aguas encharcadas, el fuego purificador (quema ropas y enseres de los infectados), el enterramiento rápido de los fallecidos, quema de plantas aromáticas en casas y calles, y procesiones y oraciones a los santos protectores, principalmente San Roque, pero también San Quirino de Neuss, San Antonio Abad y San Edmundo. Una vez declarada la peste en una villa, se aislaba a los enfermos. Los más pobres eran llevados a alguna casa fuera de la población, mientras que los ricos podían permanecer en sus hogares, con la condición de que quedaran incomunicados.

Existían los clásicos sembradores de pánico: “los untadores”, que menciona Giorgio Agambem, y los predicadores que llamaban al arrepentimiento y la penitencia y en ocasiones eran beneficiarios de donaciones testamentarias. Un pregón del gobernador de Milán por la peste de 1576, a la sazón bajo administración española, describía de esta guisa a los “untadores”, que recuerdan a algunos agoreros y “vocingleros” actuales, y conminaba a denunciarlos: “Habiendo escuchado del gobernador que algunas personas con apagado celo de caridad y para aterrorizar y asustar al pueblo y los habitantes de esta ciudad de Milán, y para incitarlos a algún alboroto, están ungiendo con untos, que se dicen pestíferos y contagiosos, las puertas y los cerrojos de las casas y las esquinas de los distritos de esta ciudad y otros lugares del Estado, con el pretexto de llevar la peste al privado y al público, de lo que han resultado muchos inconvenientes y no poca alteración entre las gentes, mayormente de quienes son fácilmente persuadidos de creer tales cosas…”.

Territorialmente los más afectados fueron los países mediterráneos. Los contagios solían aparecer durante la primavera, cuando la temperatura y humedad eran más favorables, descendiendo con el calor y desapareciendo con el frío invernal.

Las epidemias tuvieron escaso eco en el arte y la literatura de la época. Podemos citar a Valdés Leal, el pintor de los muertos, del que existe una cabeza de San Juan Bautista en el Museo donostiarra de San Telmo, a Mateo Alemán, a los cronistas Andrés Bernáldez, Luis de Villalba y Luis Cabrera de Córdoba y a los médicos tratadistas Alfonso López de Corella y de Luis Toro, ambos en 1574, y Luis Mercado, en 1586.

La literatura se dedicaba principalmente a la evasión de los graves problemas cotidianos. El silencio es signo evidente del terror que inspiraba le peste y la sola mención podía atraerla. Contrasta esta actitud con la actual saciedad, con frecuente difusión falsa de información, que resulta contraproducente. Podríamos aplicar el síndrome de la rana hervida: un deterioro, si es muy lento, pasa inadvertido y la mayoría de las veces no suscita reacción ni oposición ni rebeldía. El bombardeo informativo permanente satura el cerebro, que no puede digerir y dar sentido a lo que recibe. Este síndrome ya lo denunciaba implícitamente San Agustín: “a fuerza de verlo todo, se termina por soportarlo todo. A fuerza de soportarlo todo, se termina por tolerarlo todo. A fuerza de tolerarlo todo, terminas aceptándolo todo. A fuerza de aceptarlo todo, finalmente lo aprobamos todo”.

La artimaña del alejamiento social

Deberíamos mantener la proximidad social, los afectos. Abracémonos tecnológicamente a distancia y, cuando pase la pandemia, recuperemos los mejores valores de la comunidad. No aceptemos acríticamente las propuestas de alejamiento social

Una vez superado el primer período de este confinamiento y encubierto toque de queda, me he atrevido a desgranar algunas reflexiones que me han llamado la atención. Algunas han sido explicitadas por sesudos tertulianos y otras han pasado por su cedazo analítico como gato por ascuas.

He advertido una sibilina centralización del Estado, que junto a la no menos sagaz militarización, siguen agazapadas en el endémico ADN hispano, dispuestas a asomar tras la esquina de cualquier oportunidad

Ha reaparecido un buenismo difuso, de honda raigambre tradicional católica, más cercano a la caridad que a la justicia, cuya manifestación más visible son los aplausos a los sanitarios a las ocho de la tarde. Me sumo a ellos, pero creo que los ovacionados agradecerían más otros galardones: salarios dignos, ratios proporcionadas y tiempos decorosos de consulta, adecuada atención primaria, hasta ahora bajo la espada de peligro; contratos indefinidos, aumento de plantillas y menos temporalidad y privatización de los servicios.

De nuevo ha saltado a la palestra la polémica que desde hace años late en el ambiente: control-seguridad versus privacidad-libertad. Me huele que esta pandemia va inclinar definitivamente la balanza a favor del primer polo de la dicotomía, produciéndose una decantación que beneficie las tendencias autoritarias e intervencionistas.

No menos sorpresiva ha sido la falta de previsión in puris naturalibus frente al coronavirus, una constante histórica, a pesar de la existencia de informes científicos que estaban en posesión de los gobiernos y alertaban de la probabilidad inminente de pandemias.

Tampoco me ha extrañado la inmensa sabiduría de los pertinaces tertulianos televisivos y radiofónicos reconvertidos en expertos virólogos, que se atreven a criticar a diestro y siniestro y a emitir soluciones de consagrados peritos en la materia.

Nunca había visto como hasta ahora escudarse a los políticos bajo el paraguas de los expertos y científicos después de haber recortado durante años los presupuestos de investigación. Espero que en lo sucesivo no cunda el ejemplo previo, pero me temo que en este como en otros asuntos la memoria sea extremadamente frágil.

No es ninguna novedad que no se haya consultado a los historiadores para suministrar haces de luz en la memoria del túnel. ¿Para qué? Son unos pobres escudriñadores de un pretérito que no interesa en este mundo totalmente mercantilizado. Pero, en realidad, son arúspides del futuro, cuando ven que se cometen los mismos errores del pasado.

La pandemia ha demostrado la malignidad de la deslocalización de las empresas y de la sinuosidad del mercado, de tal manera que una simple mascarilla ha desmontado la insensatez del beneficio inmediato, la carencia de los productos más perentorios, la diversificación del tejido industrial, su excesiva especialización y pobre ductilidad.

Se han silenciado a unos profesionales, que están dando el callo en una tarea silenciosa y nada agradecida: los maestros y profesores. Sospecho que algunos padres se habrán percatado en esta obligada reclusión casera de la difícil tarea de educar a más de 30 alumnos por aula, hijos e hijas de distinto padre y madre.

No he visto a ningún político neoliberal que haya pedido perdón por las consecuencias nefastas de sus políticas de privatizaciones y recortes, aplicadas a necesidades básicas como la educación y la sanidad. Por el contrario, esta desgraciada coyuntura ha puesto de relieve la necesidad de contar con unas políticas públicas bien dotadas y eficientes.

Ciertamente todas las pandemias son selectivas, cebándose preferentemente con los más vulnerables. Pero cuando el virus también ataca a los pudientes, se activa toda la maquinaria de lucha frente a él en todos los ámbitos. Así ocurrió con motivo de la plaga antonina del siglo II d.C. ante la que sucumbieron dos emperadores, Lucio Vero, en el año 169, y su sucesor, el gran Marco Aurelio, figura representativa de la filosofía estoica, en el 180.

He leído y escuchado declaraciones rusonianas sobre la optimista salida a esta situación. Apuntaban a que asomaba una nueva era y una sociedad mejorada. Casi auguraban una utópica edad dorada, con la humanidad ha soñado cíclicamente desde la antigüedad y resonaba en el Quijote. En virtud de experiencias pasadas –sería feliz al equivocarme–, creo que la memoria es muy quebradiza y posiblemente volveremos a las andadas. Incluso la tan ansiada solidaridad internacional cual flor de pino se disipará en el aire de algún ventajoso negocio farmacéutico. Recuerdo a este respecto a un jesuita que siempre advertía: “Estamos mal, pero tenemos la esperanza de estar peor”. Tras la epidemia de 1918 vino el derroche de la belle époque y se incrementaron las propensiones fascistas.

He dejado para el final el análisis más detallado de una artimaña o argucia, que desconozco si está cocinada también por los gurús neoliberales, reconocidos especialistas en fomentar el individualismo, la competitividad y la desmovilización para infiltrar de manera sutil su ideología en los poros del cuerpo comunal. Carlos Rodríguez, un periodista gallego, la ha denominado “la trampa de la distancia social”.

A la pregunta de un estudiante sobre el primer signo de civilización de la humanidad la famosa antropóloga Margaret Mead le contestó que había sido el de un fémur roto y curado. Ante la cara de asombro del discente Mead le explicó. En el reino animal, si rompías una pierna, morías, pues no te podías mover, no podías huir del peligro, ni ir al río a beber ni buscar comida. Ningún animal sobrevivía a una pierna rota el tiempo suficiente para que curase el hueso. En cambio, un fémur roto y curado evidenciaba que alguien había vendado la herida, había llevado al accidentado a un lugar seguro, le había dado de comer y lo había cuidado. Según Mead, ayudar a otra persona en momentos de dificultades era el punto donde había comenzado la civilización.

Se ha hablado mucho de la “distancia social”, cuando en realidad deberíamos referirnos a la “distancia física” con el fin de evitar el contagio del COVID-19. La primera es dañina e innecesaria, la segunda, beneficiosa y obligada en esta tesitura. Esta no es una cuestión puramente semántica, pues está relacionada con los valores que el neoliberalismo, a mayor gloria del lucro, pretende inocularnos: individualismo, competitividad y ruptura de los vínculos comunitarios.

La mayoría de nosotros procedemos, en primera o segunda generación, de una cultura cooperativa, en que las principales actividades se realizaban en auzolan, en vereda (Navarra) o en concello (Galiza y Asturias). La siega, la vendimia, la recogida de cosechas, la maja, la matanza del cerdo o txerriboda, el pastoreo, el arreglo de caminos, fuentes, puentes, etc. precisaban de ayuda mutua. Mostraban y creaban lazos de comunidad y tejían hilos de vida comunitaria. Estas actividades han sido atacadas, incluso con normativas legales, con el doble objetivo de que no se realicen fuera del mercado global y de que fomenten nudos de solidaridad y resistencia. Por una vez, y sin que sirva de precedente, habría que acudir metafóricamente a lemas propagandísticos de algunas multinacionales: “Cada uno en la República de su casa y Amazon en la de todos”.

En conclusión, deberíamos mantener la proximidad social, los afectos. Abracémonos tecnológicamente a distancia y, cuando pase la pandemia, recuperemos los mejores valores de la comunidad. No aceptemos acríticamente las propuestas de alejamiento social. Nadie es totalmente autónomo. Sin ayuda no viviríamos. La necesitamos al nacer, a lo largo de nuestra vida y en la muerte. En el mercado no se compran los afectos y los cuidados son los que sostienen la vida y las sociedades. Ni guardiacivilizados ni domesticados, seamos civilizados y cuidémonos socialmente entre todos y todas.